Las tormentas que te aturden en casa a veces, desaparecen con solo salir a la calle.
Dos horas caminando, pero lejos de todo y de todos, camino a ninguna parte y a todas a la vez. Un paseo por las nubes sin despegar los pies de la tierra mientras el aire mueve con fuerza y suavidad al mismo tiempo las ramas de los árboles que bordean el camino. Los colores se mezclan con armonía, el azul del cielo, el blanco de las nubes de La Mancha, el rojo de esta tierra nuestra, el verde de los pinos...
Se me olvida por qué necesitaba salir de entre esas cuatro paredes mientras camino despacio alejándome de la sociedad, mientras piso piedras que empiezan a humedecerse con las minúsculas gotas de agua que caen tímidamente, gotas que me mojan la cara despacio, como si me besaran. Y el viento, que parece querer asustar a las hojas de los árboles, pero en realidad solo juguetea con ellas, y está frío, pero es agradable. Me ayuda a olvidar lo triste que son estos días de otoño grises y mudos. Me detengo, abro los brazos en cruz y cierro los ojos mientras el viento me acaricia.
No ha sido un sábado cualquiera, no. Ha sido un sábado distinto, porque sentía que en medio de la nada, acompañado por nadie, no estaba solo, ni mucho menos.


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