Si hace unos años alguien me hubiera dicho que iba a encontrar mi mejor versión física rondando los cincuenta, probablemente habría arqueado una ceja y habría cambiado de tema. No porque no quisiera creerlo, sino porque, como mucha gente, asociaba la edad con una especie de cuenta atrás inevitable.
Por suerte, la realidad ha sido bastante diferente.
El primer paso fue volver al gimnasio después de una larga temporada entrenando fuerza en casa. Durante años había intentado mantenerme activo con mis propios medios, y aunque aquello me ayudó a no perder el hábito, los resultados tenían un límite evidente.
Fue entonces cuando empecé a trabajar con Sergio Domínguez. Tres días a la semana de entrenamiento de fuerza, constancia y una planificación adecuada. Nada espectacular. Nada milagroso. Pero sí algo que muchas veces olvidamos: hacer las cosas bien y mantenerlas en el tiempo.
La diferencia ha sido enorme.
No hablo solo de ganar músculo o de verme mejor en el espejo. Hablo de sentirme más fuerte, moverme mejor, recuperarme antes y notar que el cuerpo responde de una forma que hacía mucho tiempo que no experimentaba. Curiosamente, los mejores resultados no han llegado cuando más entrenaba, sino cuando mejor entrenaba.
El segundo gran cambio llegó en la cocina.
Después de ganar unos siete kilos que, siendo sinceros, nunca debieron instalarse tan cómodamente, decidí ponerme en manos de una profesional. Ahí apareció Estela Urquía.
Y debo reconocer que descubrí algo que mucha gente necesita escuchar: comer bien no significa pasar hambre.
Tampoco significa vivir contando calorías, renunciar a cualquier capricho o alimentarse únicamente de hojas de lechuga.
Lo que aprendí fue a comer mejor. A entender las cantidades. A organizar las comidas. A reducir considerablemente el consumo de carne, sustituyéndola por más pescado, legumbres, verduras y fruta. A disfrutar de una alimentación mucho más equilibrada sin sentir que estaba haciendo ningún sacrificio extraordinario.
El resultado ha sido perder la grasa que sobraba, mantener la energía, seguir ganando masa muscular y, sobre todo, sentirme mejor.
Eso sí, tampoco voy a engañar a nadie. Hay cumpleaños, comidas familiares, ferias, fiestas y celebraciones varias que siguen poniendo a prueba cualquier planificación nutricional. Digamos que la dieta funciona perfectamente... salvo cuando aparece una tarta con muy buenos argumentos.
La carrera a pie también sigue formando parte de mi vida, aunque de una manera diferente. Hubo una época en la que acumulaba muchos más kilómetros. Ahora corro menos, pero sigo disfrutándolo.
Mi objetivo es sencillo: recuperar poco a poco la regularidad, salir un par de veces por semana y volver a encontrar sensaciones. Quién sabe. Tal vez algún día vuelva a colocarme un dorsal para disputar algún trail de esos que mezclan sufrimiento, barro, paisajes espectaculares y una extraña felicidad difícil de explicar.
La fotografía que acompaña estas líneas está tomada después de una de esas salidas por el campo. No la comparto para presumir de forma física ni para vender una imagen irreal. La comparto porque representa algo que me parece importante: el resultado de muchas pequeñas decisiones tomadas durante mucho tiempo.
No hay secretos.
No hay fórmulas mágicas.
No hay suplementos milagrosos ni frases motivacionales capaces de cambiar una vida por sí solas.
Lo que sí hay es constancia. Hay errores. Hay semanas buenas y semanas malas. Hay días en los que apetece entrenar y otros en los que no apetece absolutamente nada.
Y aun así, merece la pena.
Porque llegar a los cincuenta en forma no consiste en parecer un atleta profesional ni en competir con nadie. Consiste en tener energía para vivir mejor, disfrutar más de las cosas que te gustan y comprobar que el paso de los años no tiene por qué significar renunciar a cuidarte.
Al final, el objetivo no es ser el más rápido, ni el más fuerte, ni el más musculado.
El objetivo es llegar lo mejor posible a la siguiente década.
Y, de momento, vamos por buen camino.



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