CUANDO EL CORAZÓN NO QUIERE ESCUCHARNOS.

La noche prometía ser distinta, al menos comenzaba distinta a como solía hacerlo en las últimas semanas, con una cena entre amigos, en un restaurante económico pero agradable y con una risas de esas que hacía tiempo no se escapaban de mis labios. Todo parecía estar yendo de maravilla y por un instante me olvidé de mi aterradora enfermedad, esa que me castiga cada día y especialmente cuando cae la noche. Tras la cena nos acercamos al bar de siempre a tomar unas copas y seguir con esas amenas conversaciones en las que sin llegar a tratar ningún tema realmente trascendente, uno llega a sentirse realmente el gran dominador del mundo, capaz de estar resolviendo todos los males de la humanidad solo charlando con los amigos. Al llegar la local nos encontramos con ameno concierto de un grupo local rockabilly del que disfrutamos, tal vez no tanto como aquellos engominados portadores de tupés y ajustados jeans y largas patillas, pero sin duda disfrutamos, yo al menos lo hice.

La noche estaba resultado bien, agradable, simpática e intrascendente, que al fin y al cabo es como deben ser las noches en las que uno pretende liberarse de los problemas.. Una vez terminado el concierto, y un par de copas, o tal vez tres, cambiamos el lugar por el de enfrente, muy similar en cierto modo, pero totalmente distinto. Tal vez el largo cuarto de hora en la calle esperando a que uno mis colegas terminase su conversación con un conocido al que se encontró, fue lo que hizo que mi corazón, quién sabe no mi alma también, se enfriase, y la llegada al nuevo local no fue si no el inicio de lo que terminaría siendo una mala noche. A partir de ese momento me fue difícil seguir pasándolo bien, luego recibí una llamada que me recordó lo triste que fue mi regreso a esta pequeña ciudad que me vio nacer. Y para terminar de rematar la noche regresé al primero de los locales y tu ve que ver como la persona que más me importa hoy por hoy, tenía que soportar a un jefe egoísta e insensible, a un par de borrachos de última hora y todo ello para despedirme mal despedido de esa persona y cerrar así la noche de la manera más fría que la oscuridad de una noche de octubre puede deparar a un hombre tan solitario como yo.

¿Merece la pena? Yo creo que si, al fin y al cabo pude estar con ella y eso hace que mereciese la pena.