Seguro que a los abuelos, a esos hombres y mujeres nacidos hace más de 5 décadas, que alguien de mi edad diga cosas como "en todos estos años vividos" o "mi experiencia me dice..." les debe parece ridículo. Seguro que a quienes han vivido una guerra en tierras españolas, o han pasado hambre, o represiones o simplemente ven como en la línea que describe sus días quedan menos metros por recorrer que los ya recorridos, crean que los jóvenes (o lo que seamos quienes pasamos la treintena) somos unos seres sin experiencia, o al menos no suficiente como para aportar anécdotas a nuestro diario. A pesar de ello me arriesgaré a expresar algo en virtud de mi propia experiencia, que a pesar de no ser octogenaria, es la mía y seguro que a alguien puede incluso parecer respetable.
En mis años de vida he tenido la suerte de conocer a mucha gente, a veces buena, otras no tanto, gente que me ha aportado mucho, otra que pasó sin pena ni gloria, pero a todos les debo algo, porque cuanta más gente conozco, de verdad que más me intereso por la antropología, de hecho estoy deseando quedar un día con Vane para que me cuente algo sobre las conductas humanas, los orígenes del hombre y como el ser humano es hoy lo que es.
He descubierto gracias la gente con la que me he encontrado por la vida que soy un tipo difícil de llevar, pero que mide las palabras cuando se huele que algo puede doler a alguien, he descubierto como aguantar a la gente que nadie soporta, aunque luego me cueste una úlcera, he aprendido a ser tolerante (creedme que lo fui mucho menos en un pasado no muy lejano) incluso con aquellas cosas que no soporto. Encontré la manera de no decir nada si lo único que se me ocurría no era algo que los demás esperasen escuchar. Incluso he entendido la necesidad de respirar y contar 10 antes de contestar a impertinencias y despropósitos. Pero hay algo a lo que nunca lograré hacerme, algo que nunca llegaré a entender, que nunca superaré, las decepciones de quienes realmente llegas a querer.
Han sido tantas las personas que me han ido defraudando en la vida, algunas incluso por las que hubiera dado todo (y seguiría haciéndolo a pesar de ello) y que sin embargo en cuanto me descuidé me clavaron no un puñal, sino un punzón de esos que verdaderamente hacen daño... Tantos que ya ni siquiera llevo la cuenta. Cada uno conocemos nuestros vicios, virtudes y limitaciones, y yo se que no siempre soy el amigo ideal o el empleado perfecto, ni el cliente modelo o el ciudadano ejemplar, pero aun costándome horrores cuando he entendido que hice algo mal siempre pedí disculpas, de una manera o de otra, pero siempre busqué el perdón. No todo el que se ha cruzado en mi camino me ha devuelto el gesto y cuando alguien se empeña en ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro con tal de dejar sello, a veces sucede eso que te impide ver la viga en el ojo propio. Retractarse no es tan malo, sobretodo cuando descubres que no tenías razón o que si la tenías no importa tanto como el daño que has podido llegar a hacer, yo lo descubrí hace tiempo gracias la buena gente que se ha cruzado en mi camino, y hace poco me lo recordó una gran amiga a la que le debo tanto que ya ni se como pagárselo. Lo malo es que quienes te rodean no siempre evolucionan a tu ritmo, a veces van más rápido, otras infinitamente más lento, y eso, cuando haces balance de tu vida y cuentas los beneficios humanos logrados, hace daño.
La mayor parte de las veces que esto ocurre es simplemente por una visión ególatra de la vida, y eso conduce a desconsiderar a los demás, a perder el respeto por el punto de vista de los demás. Muchas veces sucede a las personas adultas lo mismo que Piaget ya describió en los niños en el siglo IX, y es que el hecho de ser egocéntricos, no significa que sean egoístas. Muchas veces lo que pasa es simplemente que no son capaces de entender a otras personas. Científicamente, el egocentrismo es una exaltación de la propia personalidad, o sea, que uno se considera a si mismo el centro de atención de los demás. Cuando una persona llega esta situación, lo que les sucede es que se forman una caparazón (al fin y al cabo de ignorancia) en el que domina una marcada tendencia a menospreciar a las personas y son hipercríticos de quien piense o actúe diferente a su forma de comportarse, no son capaces de ver los colores y solo existe en su mente el blanco y el negro, tal vez algún matiz de gris, pero poco más, o estás conmigo o estas contra mi. Pero siempre se trata de conductas más bien irracionales, es decir, no premeditadas.
Me he encontrado con alguno de estos en mi vida y se que no hay que tomarlo a mal, porque al fin y al cabo son víctimas, víctimas de una forma de pensar de la que no pueden escapar y por la que solo pueden querer ser admirados (les encanta que les hagan la pelota) y sienten una necesidad de reafirmación de su propio Yo casi constante. Presumir de conocer a famosos, aparentar ser expertos en un tema (si no en todos), menospreciar a quienes entienden que visten o se comportan “peor” que ellos, etc. En el fondo son víctimas porque no pueden llevar a cabo grandes reflexiones, pues al no ser capaces de escuchar, acaban cometiendo grandes errores que los llevan a una situación de fracaso de la que, por supuesto, para ellos son los demás los responsables.
En mis años de vida he tenido la suerte de conocer a mucha gente, a veces buena, otras no tanto, gente que me ha aportado mucho, otra que pasó sin pena ni gloria, pero a todos les debo algo, porque cuanta más gente conozco, de verdad que más me intereso por la antropología, de hecho estoy deseando quedar un día con Vane para que me cuente algo sobre las conductas humanas, los orígenes del hombre y como el ser humano es hoy lo que es.
He descubierto gracias la gente con la que me he encontrado por la vida que soy un tipo difícil de llevar, pero que mide las palabras cuando se huele que algo puede doler a alguien, he descubierto como aguantar a la gente que nadie soporta, aunque luego me cueste una úlcera, he aprendido a ser tolerante (creedme que lo fui mucho menos en un pasado no muy lejano) incluso con aquellas cosas que no soporto. Encontré la manera de no decir nada si lo único que se me ocurría no era algo que los demás esperasen escuchar. Incluso he entendido la necesidad de respirar y contar 10 antes de contestar a impertinencias y despropósitos. Pero hay algo a lo que nunca lograré hacerme, algo que nunca llegaré a entender, que nunca superaré, las decepciones de quienes realmente llegas a querer.
Han sido tantas las personas que me han ido defraudando en la vida, algunas incluso por las que hubiera dado todo (y seguiría haciéndolo a pesar de ello) y que sin embargo en cuanto me descuidé me clavaron no un puñal, sino un punzón de esos que verdaderamente hacen daño... Tantos que ya ni siquiera llevo la cuenta. Cada uno conocemos nuestros vicios, virtudes y limitaciones, y yo se que no siempre soy el amigo ideal o el empleado perfecto, ni el cliente modelo o el ciudadano ejemplar, pero aun costándome horrores cuando he entendido que hice algo mal siempre pedí disculpas, de una manera o de otra, pero siempre busqué el perdón. No todo el que se ha cruzado en mi camino me ha devuelto el gesto y cuando alguien se empeña en ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro con tal de dejar sello, a veces sucede eso que te impide ver la viga en el ojo propio. Retractarse no es tan malo, sobretodo cuando descubres que no tenías razón o que si la tenías no importa tanto como el daño que has podido llegar a hacer, yo lo descubrí hace tiempo gracias la buena gente que se ha cruzado en mi camino, y hace poco me lo recordó una gran amiga a la que le debo tanto que ya ni se como pagárselo. Lo malo es que quienes te rodean no siempre evolucionan a tu ritmo, a veces van más rápido, otras infinitamente más lento, y eso, cuando haces balance de tu vida y cuentas los beneficios humanos logrados, hace daño.
La mayor parte de las veces que esto ocurre es simplemente por una visión ególatra de la vida, y eso conduce a desconsiderar a los demás, a perder el respeto por el punto de vista de los demás. Muchas veces sucede a las personas adultas lo mismo que Piaget ya describió en los niños en el siglo IX, y es que el hecho de ser egocéntricos, no significa que sean egoístas. Muchas veces lo que pasa es simplemente que no son capaces de entender a otras personas. Científicamente, el egocentrismo es una exaltación de la propia personalidad, o sea, que uno se considera a si mismo el centro de atención de los demás. Cuando una persona llega esta situación, lo que les sucede es que se forman una caparazón (al fin y al cabo de ignorancia) en el que domina una marcada tendencia a menospreciar a las personas y son hipercríticos de quien piense o actúe diferente a su forma de comportarse, no son capaces de ver los colores y solo existe en su mente el blanco y el negro, tal vez algún matiz de gris, pero poco más, o estás conmigo o estas contra mi. Pero siempre se trata de conductas más bien irracionales, es decir, no premeditadas.
Me he encontrado con alguno de estos en mi vida y se que no hay que tomarlo a mal, porque al fin y al cabo son víctimas, víctimas de una forma de pensar de la que no pueden escapar y por la que solo pueden querer ser admirados (les encanta que les hagan la pelota) y sienten una necesidad de reafirmación de su propio Yo casi constante. Presumir de conocer a famosos, aparentar ser expertos en un tema (si no en todos), menospreciar a quienes entienden que visten o se comportan “peor” que ellos, etc. En el fondo son víctimas porque no pueden llevar a cabo grandes reflexiones, pues al no ser capaces de escuchar, acaban cometiendo grandes errores que los llevan a una situación de fracaso de la que, por supuesto, para ellos son los demás los responsables.


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