A veces, las pequeñas cosas que te da un día son las que mejor recuerdas durante mucho tiempo. Puede que para muchas personas los detalles insignificantes de gente que realmente no son claves en tu vida, ni si quiera merezcan la pena almacenarse en el disco duro que encierra nuestro cráneo, pero por alguna disfunción de hardware, o quien sabe si de software, el mio son precisamente esos detalles los que mejor almacena.
Llevo unos días sumido en un pequeño bajón de esos en los que de vez en cuando entra mi vida espiritual, es algo ya habitual a lo que uno acaba por rendirse, aunque no del todo por acostumbrarse. Y es precisamente en esas fases de inestabilidad emocional cuando más aprecio los detalles en los que muchas veces ni solemos reparar. Anoche salí porque, bendita inocencia, pensé que viendo a los amigos, tomando una cerveza (sin alcohol) y dándome el aire olvidaría por unas horas que soy un tipo triste, al menos en estos momentos, como triste me parece mi vida grisácea, siempre en estos momentos, claro. Bueno, nada de eso sucedió, no olvidé nada, no logré encontrar la sonrisa verdadera y si me apurán hasta me aburrí en medio de una noche de sábado que se me antoja cada vez más tediosa. Pero hubo un momento, un detalle, un instante que me hizo sonreir, que me alegró el corazón de verdad, que me ayudó a olvidar mis romántcos pensamientos calavéricos y me elevó al séptimo cielo durante unos minutos. Lo mejor es que cuando eso sucede, luego, aunque el momento se esfume, aunque todo vaya aseguir igual que antes de pasar, el recuerdo te ayuda a sonreir, aunque esta segunda vez solo sea de medio lado, y la noche empieza a merecer la pena.
Esto a lo que le doy tanta importancia es en realidad un gesto sencillo, insignificante para el mundo, pero fijaos que tremendo fue para mi, para una persona que justo en ese momento lo necesitaba. Sucedió en un momento en que mis amigos estaban cada uno por un lado hablando con alguien, no a más de 1 metro de mi, probablemente, pero yo me ensimismé, me quedé absorto en mis pensamientos, con la mirada fija en la nada iniciando una espiral de tristeza que parecía que iba a concluir con mi propio final. Y justo en ese momento, cuando más oscura era mi vida, cuando más tenebrosos eran mis pensamientos y una exaltada lágrima hacía incluso fuerza por salir de mi ojo ¡ZAS! Unas gotas de agua me espabilaron, era una amiga, ni siquiera es una gran amiga, solo una conocida con la que he compartido algunas horas de conversación, acababa de lavarse las manos y con ellas aun húmedas, las sacudió contra mi cara, me sobresalté por la impresión del agua fría e inesperada en mi piel, y al levantar la mirada hacia el origen del agua me encontré con su cara, sonriendo y sacándome la lengua de manera burlona. ¡Qué gesto tan simple y qué importante fue justo en ese momento! Al menos ella logró que me fuese a casa sonriendo, de medio lado ya cuando me fui, pero sonriendo al fin y al cabo.
Adoro esas pequeñas cosas.



5 comentarios:
No sé si es la edad o qué, pero es cierto que ahora es cuando empiezo a darme cuenta de lo importante que son esas pequeñas cosas. Antes, me daba absolutamente igual. Hoy, agradezco cada ínfimo detalle.
Si necesitas hablar, ya sabes... me mandas un "emilio", te paso mi número y me cuentas tus penas que, por lo visto, soy muy buena oyente :)
Un pequeño beso en la mejilla derecha.
Gracias :-D
A veces buscamos algo que ni nosotros sabemos qué es. Me alegro de que te hiciera sonreir aquel gesto.
Un besito y mucho ánimo.
Muchas garcias, Anita
Te entiendo perfectamente... ¿Por qué uno se puede encontrar más solo cuanto más gente encuentre a su alrededor? ¿por qué un gesto te puede hacer más feliz que un regalo material?...
Yo siempre digo que el ánimo en positivo es importante; de acuerdo que no siempre se puede tener así... Pero aléjate unos metros de ti mismo e intenta ver lo que te sucede desde la distancia (¡tampoco levites y te salgas de tu cuerpo!), míra las cosas y aplícales otra perspectiva...
Ah! y propicia un poco tú también las situaciones para que las cosas buenas se produzcan... Porque ¡es raro! que cosas buenísimas llamen a tu puerta; hay que salir a propiciarlas (no a buscarlas ¡eh?).
Perdona el sermón y ¡ánimo!.
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