TORMENTA SECA, OTRA VEZ.

Después de una semana inusualmente calurosa en esas tierras para el mes de noviembre, aquella mañana había amanecido temerosamente invernal, debió ser el alma de aquel gélido amanecer el que se contagio en sus espíritus, porque la despedida fue igualmente fría. Ella se despidió aceptando el abrazo, pero casi como si fuese un compromiso ineludible el hacerlo. Luego tomó el asa de su pesada maleta y la arrastró por el asfalto los pocos metros que la separaban de la estación, haciendo sonar el horrible ruido de las ruedas de plástico rodando sobre aquella ruda superficie. El se metió en el coche, sabiendo que aquella era la despedida definitiva, que la última oportunidad que se habían dado no funcionó y que la discusión final por una tontería como la de encontrar aparcamiento fue la solo la expresión de una rabia que ambos sentían por no haber sabido superar las distancias que los mantenían alejados a pesar de todo.
Había sido la semana más intensa que ninguno de los dos recordaba, habían hecho cosas que ni hubieran podido imaginar apenas unos días antes, comer marisco en el banco de un parque público, tomar té y tarta de chocolate en una ciudad imperial, asistir a un musical espectacular, cenar en casa tranquilos a la luz de las velas, ir al restaurante más caro de la ciudad, viajar hasta el corazón mismo de la naturaleza, fotografiarse a mil metros de altura... Todo aquello iba a ser difícil de olvidar para ella, como imposible de recordar sin lágrimas en los ojos para el. Y a pesar de todo... la despedida fue amarga, con lágrimas, con reproches, con ira, con palabras que nunca, nunca debieron decirse. Quién sabe si tal vez por la amargura de saberse en cierto modo atraídos de manera brutal y sin embargo incapaces de estar juntos por aquello que ambos sabían y ninguno de los dos quiso jamás revelar. O tal vez, solo era que tanto amor terminaba por transformarse en odio, odio no hacia la otra parte, sino hacía si mismo por no saber convertirlo en algo más que un sentimiento frustrado.

La semana más feliz de su vida, terminó con la despedida más horrible que podía haber imaginado, y todo sin terminar de saber muy bien por qué. Y ciertamente sin quererlo saber tampoco. Lo mejor sería un momento de reflexión, un olvidar lo malo y quedarse solo con los grandes momentos, con los buenísimos recuerdos, y seguir hacia adelante sin más. Aunque la casa ahora se hacía tan grande y la cama tan vacía después de aquellos inolvidables días en los que el mero hecho de pensar en descansar era una verdadera locura, porque las horas fueron tan intensas que los días parecían ahora en el recuerdo años. Y los minutos, a partir de ahora, parecerían siglos otra vez en medio de la soledad, aunque de vez en cuando, solo de vez en cuando, evocar aquellos momentos felices hiciesen soltar una pequeña sonrisa de medio lado.

2 comentarios:

Jo, me ha encantado esta entrada. Sí, señor, muy bien escrita, pero tan triste... Cuando las cosas se enfríen, ambos se darán cuenta lo estúpido de ese enfado.

La vida no es como nos gustaría pero cada encuentro con aquellos que creemos importantes, nos hace algo más expertos.

Un besito!!

PD: Al menos, disfrutaron de esos días.

 

Gracias, una vez más. Eso es lo que siempre queda, los buenos recurdos, las notas escondidas para que el otro las encuentre cuando ya no estás, los regalos ocultos entre la ropa de la maleta con el mismo fin... La verdad es que la historia es bonita en su cómpluto general.

Un beso