Bone Walker


Caía una fina lluvia de esas que cala hasta el alma y te hace sentir como el frío invade cada rincón de tu cuerpo sin que sepas reaccionar. Así era como lo sentía, y por eso caminaba tranquilo bajo esa humedad progresiva que se iba apoderando de todo su ser sin que el sobrero de ala corta ni la gabardina sirviesen ya de mucho. La noche no era demasiado oscura, y la luna nueva iluminaba los charcos que a su vez se encargaban de reflejar esa luz en su rostro.

Acababa de salir de uno de esos garitos que parecen haber sido invadidos por una horda de intelectuales y universitarios engreídos, y se sentía mucho mejor en la calle, con el frío y la lluvia atormentando sus articulaciones, que en ese antro de hipocresía y cinismo. Al pasar por una de las callejuelas que formaban aquel enrevesado barrio, sintió las notas musicales que manaban de un garito que, a pesar del tiempo, mantenía sus puertas abiertas. De su interior salía el cálido sonido de un tocadiscos, reliquia ya en un mundo de música digital. La canción que sonaba en medio de esa noche húmeda era “Bone Walker”, un blues que parecía estar sonando para el, porque eso era lo que aparentaba ser en esos momentos, un esqueleto andante. Se detuvo un segundo ante la puerta, miro al fondo del garito, donde una pareja de cincuentones bailaba abrazados como si el mundo estuviese a punto de acabarse. Por un momento estuvo a punto de encenderse un cigarro, pero en ese momento recordó que lo había dejado, así que tras una sonrisa escapada, siguió andando sin a penas darse cuenta de la mueca que sus labios habían dibujado en su cara, una mueca que hacía tiempo no surgía en ese marco huesudo.

Caminaba mientras se decía a si mismo en voz baja que ya estaba harto de todo aquello. Estaba harto de escuchar ese “no” que tantas veces le había martilleado la cabeza, de los “no” y también de los “si” demasiado fáciles. Todo ello solo le había conducido a donde estaba en ese preciso momento, a una calle solitaria, húmeda y fría. Y la verdad es que, en ese momento, le importaba una mierda todo aquello, casi se sentía orgulloso de su soledad, porque, al fin y al cabo, era lo único que realmente poseía, la soledad. Y no mentiría si dijese que ya ni siquiera le importaba todo aquello, ya era otra era, otro momento, aunque apenas unos días antes las cosas se veían de manera muy distinta, pero ahora las prioridades eran otras, o... Bueno, tal vez ya no había prioridades, salvo las biológicamente marcadas.

De ahora en adelante eso, y solo eso, sería lo que marcaría su camino, lo que la naturaleza le urgiese a buscar. Ni más, ni menos.