EL CAMINO DE LOS HOMBRES DUROS, EN INGLÉS.


En una de esas grandes noches, una de esas en las que no falta de nada, porque hay buena gente a tu alrededor, bebida, pasteles, familia y risas, es cuando suelen surgir los fantasmas del pasado en forma de presente, de horrible y aterrador presente. Cuando se acaba el Jack Daniels, cuando la botella está vacía y tu estómago lleno, es cuando los lazos que atan tu mente empiezan a soltarse, cuando las muñecas de la pantorrilla cobran vida y las calaveras del jodido mexican dead day empiezan a sonreír... Ese es el puto maldito momento en el que los fantasmas que has mantenido atados durante casi una década de repente, sin tu permiso, se creen con derecho a invadir tu alma y hacerse hueco en tu putrefacto y abandonado corazón.

Esas cosas pasan, a veces, pero pasan y cuando llega el momento sueles no estar preparado y las lágrimas ahogan las risas, los latidos de tu corazón se transforman en mazos que golpean tu sentimientos, esos que creías ya apagados o que imaginabas enterrados. Esos sentimientos que intentaste creer desterrados hacía años, o tal vez solo meses, y que ahora, con una leve imagen latente, ni siquiera emergente, te lapidan bajo toneladas de cerebrales losas graníticas, o quizás solo sean cantos rodados, no lo se, pero ¿a quién le importa? Se acerca la hora de que cante el gallo y ni siquiera deseas estar presente cuando llegue el momento, solo quieres huir, estar lejos de esa imagen que ha despertado toda esa cadena de sentimientos horrendos que no deberían serlo, que nunca deberían importarte, pero que lo hacen. Y ahora ¿qué? ¿qué haces? ¿como acudes a responder a esa maldita cuestión que nadie, salvo tu, quiere que sea respondida?

Huyes cual bicho raro, cual empollón en una fiesta de graduación americana, huyes como la rata que deberías ser, sin afrontar la realidad, sin valor para buscar una respuesta, y el suave golpeteo de la lluvia sobre la fina chapa del viejo Daewoo te hace sentir mejor, te relaja, te adormece unos segundos. Conduces durante siete brevísimos minutos, y ya en casa sientes como la manta no hace sino aplastar tu cobarde corazón mientras ese podrido cerebro se empeña en recordar una y otra vez, como en bucle, las sonrisas que nunca debiste memorizar.

Mañana será otro día... tal vez.