Hoy he vuelto a los 10 kilómetros.
He pasado por ese proceso que muchos conocen bien: empezar con tiradas de 5 km, luego 7, después 8… escuchando al cuerpo, dejándole adaptarse, sin forzar más de la cuenta. Y cuando he visto que el ritmo mejoraba, que las sensaciones eran buenas y que la cabeza empezaba a pedir más, he decidido dar el paso: volver a los 10.
Y no de cualquier manera.
Hoy he subido a los molinos de Alcázar de San Juan. Un recorrido precioso, pero exigente. Con un desnivel positivo aproximado de entre 80 y 120 metros, dependiendo de la ruta exacta, y con tramos de subida por caminos técnicos que obligan a ir concentrado, midiendo cada pisada. La bajada, en cambio, ha sido por el camino asfaltado de los turistas… más cómoda para las piernas, pero igualmente exigente para controlar el impacto.
No ha sido una carrera perfecta. Ha sido algo mejor: ha sido real.
He terminado con esa mezcla de cansancio y satisfacción que solo da el esfuerzo honesto. Esa sensación de “voy por el buen camino”, aunque el camino sea largo.
Porque correr, para mí, no es solo correr.
Y eso, ahora mismo, vale más que cualquier marca.



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