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| Bajando la Castelar en la Media Maratón de Alcázar |
Hace una semana y media corrí me segunda media maratón, repetía en la de mi ciudad, Alcázar de San Juan, y hasta ahora no he escrito nada del tema porque tenía que disfrutar del logro. Como ya he dicho otras veces, ni soy profesional, ni bueno en esto, solo uno más, del montón de los millones de personas que corren por salud y entretenimiento. Pero por segundo año consecutivo he sido capaz de terminar una prueba que a mi, que no aspiro a ir mucho más allá de las carreras de 10K, se me antoja durísima.
Los primeros kilómetros fueron muy bien, como siempre los tres primeros me parecía que iba a ser incapaz de terminar, ni siquiera de hacer 8, pero una vez pasados el cuerpo se acomoda a la situación y viene el momento de disfrutar de la carrera. A pesar de que había entrenado poco para este tipo de carrera tan larga, me lo estaba pasando muy bien, las cuestas arriba se me hicieron más duras que de costumbre, pero la larga bajada de la calle Emilio Castelar era un verdadero bálsamo que me permitía reponerme, llegó el kilómetro 11 y seguía con fuerzas y si atisbo de cansancio, llevaba ya un largo tramo corriendo solo, sin encontrar a nadie conocido que me siguiera el ritmo o al que yo fuera capaz de seguírselo, así que en el kilómetro 12 abrí el primero de los hidrogeles que llevaba preparados, me los tomé como me recomendó la gran Alba Reguillo, a sorbitos pequeños, me duró hasta el kilómetro 14, y no sentí que hiciera mucho efecto, la verdad, creo que los de esta nueva marca son más bien malos. El agua de los avituallamientos y las esponjas empapadas se agradecían, siempre pienso lo mismo: "deberían inventar botellas más pequeñitas para las carreras, qué cantidad de agua desperdiciamos los corredores en estas pruebas". Me contuve y supe administrar las fuerzas y también la sed, no bebí mucha agua, ya he comprobado que me da un flato terrible si me paso bebiendo.
Creo fue hacía el kilómetro 17 cuando las fuerzas empezaron a flaquearme, quizás ya en el 18, no recuerdo bien, pero tuve que andar un rato, no podía seguir corriendo, ni siquiera trotando. Caminé, no mucho, unos segundos, y decidí abrir el segundo hidrogel, este era de cafeína, pero tampoco hizo mucho, la verdad. En los tres últimos kilómetros tuve que andar un par de veces, ya digo que solo unos segundos, 20 ó 30 cada vez, pero era incapaz de seguir corriendo. Entonces me llegó esa frase de mi hermana Marti cuando, ya con su lesión cardíaca subió hasta arriba de los lagos de Covadonga y mirándome decía: "que subo y no me canso". Y yo me dije: "¡joder, si mi Marti fue capaz, yo tengo que serlo!" Sentí que ella estaba ahí, empujándome, animándome, aplaudiéndome, y de haber estado aun entre nosotros, se que lo habría estado, y me imaginé, o sentí, que en realidad ella estaba ahí, viéndome, y saqué fuerzas no se muy bien de dónde, pero las saqué, corrí por aquella interminable avenida del Recinto ferial y giré en la rotonda del flamenco y encaré la recta, la larguísima recta final de la Avenida del Deporte, y crucé la meta.
No me podía creer lo que estaba viendo junto al arco final, el cronómetro marcaba 1 hora 54 segundos, dos minutos menos que el año anterior. A pesar de todo logré bajar en dos minutos mi marca de media maratón. No os podéis imaginar lo feliz que me sentí, lo que disfruté de aquel momento y las ganas que tengo de seguir superándome.



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