Casi siempre me han dejado a mi en la relaciones de pareja que he tenido. En un 75 u 80 por ciento de las ocasiones las cosas se han roto porque se han hartado de mi o porque han encontrado algo mejor. Y las pocas veces en las que he sido yo que el que ha dejado la cosa ha sido porque no veía futuro lógico en esa relación o porque me di cuenta de que ella estaba deseando dejarme y no sabía cómo hacerlo. Hasta para eso soy todo un caballero… o lo intento al menos.
Pero en todas esas veces en las que me han dejado he sentido cosas muy distintas, algunas veces alivio, otras dolor, mucho dolor, pero casi siempre tristeza, porque yo nunca he buscado el polvo fácil ni el sexo esporádico, nunca he buscado un rollo eventual ni una relación meramente sexual, si he estado con alguien ha sido siempre porque he sentido amor, por muy poco que haya sido, que me ha unido a la otra persona. Por eso, cuando alguien por quien sientes ese amor te deja lo único que puedes sentir es tristeza, el corazón se humedece, sientes el moho que lo invade y notas como la sonrisa apenas puede asomarse a tus labios. Es en esos momentos cuando te das cuenta de lo grande que es el mundo, el mismo mundo que durante esa relación parecía tan pequeño y tan posible de recorrer de la mano de tu pareja sin obstáculos ni problemas.
Pero hasta que se rompe la relación y desde que las cosas empiezan a ir mal es cuando peor se pasa. Una vez terminada la relación sabes lo que hay, puede gustarte más o menos, comprenderlo o no, puedes sufrir o sentirte aliviado, puedes llorar o intentar desquitarte, pero sabes lo que hay. Lo verdaderamente doloroso es no saber que pasa, llamar y que no te contesten, buscar y no encontrar un beso, desear y sentir que no te desean, eso es lo más doloroso. Con lo fácil que es hablar, decir las cosas a la cara, ser sinceros… Y qué poco gusta expresar las cosas como son, avisar de los problemas y anunciar que el viaje se acaba. Quizás muchas veces pensamos que es mejor no decir nada y esperar que el otro se aburra, pero eso solo crea dolor, las cosas tienen un final, todos lo sabemos, aunque no nos guste todo termina. Y cuando ese final llega lo mejor es decirlo, hacer saber a la otra persona que se terminó, sin aspavientos, sin mentiras, sin adornos, sin camuflajes: hasta aquí hemos llegado, fue bonito, pero es hora de dejarlo. Podemos dar explicaciones o no, podremos poner excusas o decir las verdaderas causas de lo sucedido, pero siempre deberíamos decir las cosas claras cuando se llega al final, porque al no hacerlo estamos dañando a quien más nos quiere.
Sentir que quieres a alguien que ya no busca tus labios, notar que duermes junto a quien se gira hacia el otro lado cuando la abrazas, pasear al lado de quien ya no te coge la mano es la peor de las pesadillas que una persona sensible puede vivir. Llamar a un teléfono al que nadie contesta, enviar un sms que no regresa, esperar en una esquina a alguien que no llega es un dolor que nunca se cura, aunque algún día llegues a olvidar, la herida siempre estará ahí.
Pero en todas esas veces en las que me han dejado he sentido cosas muy distintas, algunas veces alivio, otras dolor, mucho dolor, pero casi siempre tristeza, porque yo nunca he buscado el polvo fácil ni el sexo esporádico, nunca he buscado un rollo eventual ni una relación meramente sexual, si he estado con alguien ha sido siempre porque he sentido amor, por muy poco que haya sido, que me ha unido a la otra persona. Por eso, cuando alguien por quien sientes ese amor te deja lo único que puedes sentir es tristeza, el corazón se humedece, sientes el moho que lo invade y notas como la sonrisa apenas puede asomarse a tus labios. Es en esos momentos cuando te das cuenta de lo grande que es el mundo, el mismo mundo que durante esa relación parecía tan pequeño y tan posible de recorrer de la mano de tu pareja sin obstáculos ni problemas.
Pero hasta que se rompe la relación y desde que las cosas empiezan a ir mal es cuando peor se pasa. Una vez terminada la relación sabes lo que hay, puede gustarte más o menos, comprenderlo o no, puedes sufrir o sentirte aliviado, puedes llorar o intentar desquitarte, pero sabes lo que hay. Lo verdaderamente doloroso es no saber que pasa, llamar y que no te contesten, buscar y no encontrar un beso, desear y sentir que no te desean, eso es lo más doloroso. Con lo fácil que es hablar, decir las cosas a la cara, ser sinceros… Y qué poco gusta expresar las cosas como son, avisar de los problemas y anunciar que el viaje se acaba. Quizás muchas veces pensamos que es mejor no decir nada y esperar que el otro se aburra, pero eso solo crea dolor, las cosas tienen un final, todos lo sabemos, aunque no nos guste todo termina. Y cuando ese final llega lo mejor es decirlo, hacer saber a la otra persona que se terminó, sin aspavientos, sin mentiras, sin adornos, sin camuflajes: hasta aquí hemos llegado, fue bonito, pero es hora de dejarlo. Podemos dar explicaciones o no, podremos poner excusas o decir las verdaderas causas de lo sucedido, pero siempre deberíamos decir las cosas claras cuando se llega al final, porque al no hacerlo estamos dañando a quien más nos quiere.
Sentir que quieres a alguien que ya no busca tus labios, notar que duermes junto a quien se gira hacia el otro lado cuando la abrazas, pasear al lado de quien ya no te coge la mano es la peor de las pesadillas que una persona sensible puede vivir. Llamar a un teléfono al que nadie contesta, enviar un sms que no regresa, esperar en una esquina a alguien que no llega es un dolor que nunca se cura, aunque algún día llegues a olvidar, la herida siempre estará ahí.



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