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En el mundo hay en estos momentos más de seis mil millones 175.000 habitantes, de ellos, la inmensa mayoría nos ignora, es cierto que porque ignoran que existamos, pero nos ignoran al fin y al cabo, no nos hacen caso alguno, y sin embargo eso no nos afecta para nada a nuestras emociones, seguimos nuestra rutina sin que nos importe lo más mínimo que más de 6 mil millones de personas nos hagan caso alguno, pasen de nosotros. Y sin embargo cuando es alguien que de verdad te importa y te sientes ignorado, qué mal se pasa. Cuando es tu hermana mayor, tu amigo de toda la vida o esa persona que hace que tu corazón palpite quien te ignora, ¡qué sentimientos más tristes invaden tu corazón!

No se si hoy habré sido ignorado, pero me he sentido como tal, probablemente es una tontería, una nimiedad, algo carente de importancia y si se analiza fríamente una gilipollez en toda regla, pero cómo ha sufrido mi corazón en ese breve periodo de tiempo en el que he sentido que esos ojos que tanto se fijaban en mi en otras ocasiones, hoy me ignoraban.

La perdonaré, porque se lo perdono todo, porque soy yo el culpable de todo, siempre lo soy, pero... qué mal puede llegar a hacerme sentir. Eso solo puede deberse a una cosa, y es que me importa, me importa de verdad y si me saca de su vida, aunque solo sea durante una fracción de segundo... me mata un poquito. Creo que no hay mayor prueba de que la amo con todas mis fuerzas.

NECESITO... ESO, NECESITO.

Se cómo soy y se que esto tengo que controlarlo antes de que se me escape de las manos. Se que no debo seguir haciéndome ilusiones, creando sentimientos a marchas forzadas, fabricar lo que realmente no se si existe. Necesito un cambio, necesito que alguien me muestre el camino a ninguna parte, o tal vez necesite recorrer el camino al lugar más concreto posible de todos cuantos pueda imaginar. Necesito algo, y no se qué es. Pero lo necesito, empiezo a sentir un vacío y se que no puedo llenarlo con vídeos a cámara lenta y canciones románticas. Eso ya lo intenté hace tiempo y no funcionó.

EL DESASOSIEGO DE NO SABER QUÉ PASA.

Casi siempre me han dejado a mi en la relaciones de pareja que he tenido. En un 75 u 80 por ciento de las ocasiones las cosas se han roto porque se han hartado de mi o porque han encontrado algo mejor. Y las pocas veces en las que he sido yo que el que ha dejado la cosa ha sido porque no veía futuro lógico en esa relación o porque me di cuenta de que ella estaba deseando dejarme y no sabía cómo hacerlo. Hasta para eso soy todo un caballero… o lo intento al menos.

Pero en todas esas veces en las que me han dejado he sentido cosas muy distintas, algunas veces alivio, otras dolor, mucho dolor, pero casi siempre tristeza, porque yo nunca he buscado el polvo fácil ni el sexo esporádico, nunca he buscado un rollo eventual ni una relación meramente sexual, si he estado con alguien ha sido siempre porque he sentido amor, por muy poco que haya sido, que me ha unido a la otra persona. Por eso, cuando alguien por quien sientes ese amor te deja lo único que puedes sentir es tristeza, el corazón se humedece, sientes el moho que lo invade y notas como la sonrisa apenas puede asomarse a tus labios. Es en esos momentos cuando te das cuenta de lo grande que es el mundo, el mismo mundo que durante esa relación parecía tan pequeño y tan posible de recorrer de la mano de tu pareja sin obstáculos ni problemas.

Pero hasta que se rompe la relación y desde que las cosas empiezan a ir mal es cuando peor se pasa. Una vez terminada la relación sabes lo que hay, puede gustarte más o menos, comprenderlo o no, puedes sufrir o sentirte aliviado, puedes llorar o intentar desquitarte, pero sabes lo que hay. Lo verdaderamente doloroso es no saber que pasa, llamar y que no te contesten, buscar y no encontrar un beso, desear y sentir que no te desean, eso es lo más doloroso. Con lo fácil que es hablar, decir las cosas a la cara, ser sinceros… Y qué poco gusta expresar las cosas como son, avisar de los problemas y anunciar que el viaje se acaba. Quizás muchas veces pensamos que es mejor no decir nada y esperar que el otro se aburra, pero eso solo crea dolor, las cosas tienen un final, todos lo sabemos, aunque no nos guste todo termina. Y cuando ese final llega lo mejor es decirlo, hacer saber a la otra persona que se terminó, sin aspavientos, sin mentiras, sin adornos, sin camuflajes: hasta aquí hemos llegado, fue bonito, pero es hora de dejarlo. Podemos dar explicaciones o no, podremos poner excusas o decir las verdaderas causas de lo sucedido, pero siempre deberíamos decir las cosas claras cuando se llega al final, porque al no hacerlo estamos dañando a quien más nos quiere.

Sentir que quieres a alguien que ya no busca tus labios, notar que duermes junto a quien se gira hacia el otro lado cuando la abrazas, pasear al lado de quien ya no te coge la mano es la peor de las pesadillas que una persona sensible puede vivir. Llamar a un teléfono al que nadie contesta, enviar un sms que no regresa, esperar en una esquina a alguien que no llega es un dolor que nunca se cura, aunque algún día llegues a olvidar, la herida siempre estará ahí.