CUANDO TIEMBLAN LOS CIMIENTOS DEL ALMA.

Ahora que el mundo está sufriendo esta terrible oleada de terremotos que devastan ciudades enteras y dejan a miles de personas sin hijos, sin padres, sin amigos… Es el momento de mostrar cuanto nos importan de verdad las personas, incluso las que viven alejadas de nosotros, a miles de kilómetros, en Haití, en Chile o en Turquía, es el momento de demostrar que la raza humana es solidaria, es el momento de ayudar al prójimo.

Pero no hablaré de este tipo de temblores ni de la corriente de solidaridad que inunda el mundo ante estas catástrofes, porque de eso ya hay mucha gente que está hablando y que intenta por todos los medios canalizar esa hermandad humana para que quienes sufren por este motivo, vean paliados sus males en la medida de lo posible. Yo quiero hacer una reflexión sobre otro tipo d temblores, los del alma, que a veces se nos tambalea y nos deja sin refugio psíquico para condenarnos, a veces de manera temporal y otra de forma perpetua, a la más absoluta de las miserias espirituales. Al igual que con los terremotos, pasa a veces en la vida de una persona que tiembla el propio alma, se tambalea todo aquello de lo que está formada y si persiste la intensidad de esos temblores o aparecen pequeñas réplicas que acompañan al principal de los temblores, los muros que sustentan nuestros valores, nuestras ilusiones y nuestros sueños, se acaban hundiendo.

Estos seísmos espirituales no difieren mucho de los otros, sus consecuencias son igualmente de terribles en el alma del que los sufre, que los terremotos en las calles del país que los padece. Los cimientos de tus ilusiones caen, los pilares que sujetan tus objetivos se desmoronan y las sonrisas desaparecen, a veces de por vida, bajo un maremagno de escombros formados a base de restos de aquellas cosas que siempre deseaste y de repente un día entiendes que nunca tendrás. El sismo se produce, se tambalea todo por apenas unos segundos, y con un poco de suerte nunca más vuelve a repetirse. Pero ya da igual, el daño está hecho, las metas, objetivos, ideas oníricas y futuros imaginados quedan sepultados bajo cientos de toneladas de sinceridad abrupta que no por serlo deja de resultar maligna para el epicentro de nuestras vidas, nuestra musculosa bomba de sangre y fábrica de sentimientos, el corazón.

Un día te imaginas bajo el acogedor techo de una mansión de sueños construidos a base de amor y sentimientos, y al día siguiente compruebas que el terremoto ha destruido tu refugio desde los mismísimos cimientos para darte en la cara con un montón de verdades que te dejan impotente para volver a crear una visión tan idílica como la que te mantuvo vivo una vez. Y sabes que nunca volverá a repetirse, porque te han dejado claro que las ilusiones solo son eso y nunca volverás a ser capaz de reconstruir tu mansión de sueños.

Así pues, lo mejor será no volverla vista atrás, por si te acabas convirtiendo en estatua de sal, y olvidar las fiestas de sodomía sentimental para seguir caminando hasta un nuevo territorio en el que intentar al menos levantar una nueva mansión, aun a sabiendas de que nunca será ni de lejos parecida a la primera y que, como mucho, solo servirá de consuelo para empezar una nueva vida en la que olvidar que cualquier tiempo pasado fue mejor, con la única sana intención de no morir de asco.

2 comentarios:

Ufff, soy pésima para tanta palabreja, pero creo que, más o menos te entendí, jajajaja.
He tenido una larga temporada de dececpción y tristeza. De no esperar nada de nadie, de perder cualquier ilusión en la vida. Me he sentido sóla, aunque estuve rodeada de gente. Me sentía vacía, sin ganas de nada, sin fuerzas para luchar por lo que quería. Pero, por suerte, todo aquello pasó, aunque sigue habiendo algo que me impide ser del todo feliz, ser más fuerte, sentirme completa.
Un beso.

 

La verdad es que me da hasta vergüenza reconocerlo, pero me alegra saber que no soy el único que se ha sentido alguna vez solo en medio del mundo o sin rumbo a pesar de estar rodeado de mapas. Gracias Sandra