Viernes
noche, extraño, como un viaje turístico a Toledo sin pasar por la
catedral. No se, un poco de mentira, fue un simulacro de mis
cobardías, o de mis gestas, no estoy seguro. Lo cierto es que
últimamente juego demasiado a un juego en el que tengo pocas
opciones de llevarme el primer premio, y además ni siquiera se
jugar, es obvio. Pero no tener opciones nunca fue un impedimento para
jugar a la ruleta, porque se que a un tipo como yo lo último que
debe faltarle es un sueño.
Sueño
despierto, cada día, cuento las horas para que llegue de nuevo el
final del ciclo. Para que me den las 4 y media de la madrugada en la
Castelar a 11 cálidos grados otoñales que cada vez siento más
helados. Lo necesito, necesito de esa luz verde que ilumina mis
sueños cada fin de día, incluso esos días en los que la luz no se
enciende para mi. Escribo mensajes cifrados en pergaminos ocultos, y
espero futilmente que la persona destinataria los lea y los entienda,
a sabiendas de que ni siquiera los encontrará nunca. O eso me hago
creer a mi mismo como modo de autocastigo por ser tan cobarde como
para enfrentarme al dragón y no ser capaz de abrir los ojos para
besar a la princesa. Y deseo besarla, creedme cuando os digo que lo
deseo.
Como
dijo Plutarco: “No necesito amigos que cambian cuando yo cambio, y
asienten cuando yo asiento. Mi sombra lo hace mucho mejor” Y esa,
mi sombra, se ha convertido en la única que sabe una verdad que a
penas yo logro entender, porque cuando algo sobreviene de esta manera
en la que a mi me ha sobrevenido esto, uno casi ni es capaz de
reconocerse a sí mismo ante el espejo de un pasado no muy lejano que
parecía estar destinado a convertirse en este emocional y sorpresivo
presente.



0 comentarios:
Publicar un comentario