Desde muy pequeño Rocky, el personaje de Sylvester Stallone, ha sido todo un icono para mi. Es cierto que el mejor guión de 1976 ha dejado mucho para la historia del cine y, concretamente, para el cine deportivo. Pero mi fascinación por este personaje ha ido más allá de ser un campeón o de alguien que llega a tocar la gloria.
Si por algo me gusta Rocky es porque es mucho más que un matón, un boxeador o alguien fuerte que puede con quien se le ponga por delante. Rocky me fascina, y no negaré que quise ser como él, porque es una persona, un ser humano en su más bonito significado. A Rocky no le preocupa más ganar que su familia, no le importa ser un campeón del mundo por encima de sus amigos y no quiere ser un ídolo a costa de sacrificar valores humanos. Al revés, si en algún momento de la saga lo pierde todo, es precisamente por no querer renunciar a su lado más humano.
Rocky es un tipo normal, feote, pobre, que quiere ser boxeador, deportista, y entrena duro cada día, con los medios que tiene a su alcance, para convertirse en un campeón, si, pero no deja a un lado a las personas. De hecho es capaz de dejar eso que tanto le gusta cuando Adriana, su amor, se lo pide. Convierte a su primer gran rival, Apollo, en su mejor amigo y, en la última película de la saga, ya viudo se enamora de Marie, la chiquilla a la que, probablemente, salvó de una mala vida cuando era una adolescente.
Eso es el deporte, ser un campeón es sacrificio, esfuerzo, entrega, pero siempre con valores humanos, con las personas colocadas ante cualquier otra cosa. Solo si respetas a tus semejantes, si valoras a tus rivales, puedes llegar a llamarte verdaderamente campeón, aunque no entres el primero en la meta.



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