Es tarde ya, son las doce y media de la madrugada y mañana es lunes, mañana tocará de nuevo enfrentarse al trabajo, no me apetece nada, pero habrá que ir y una vez más tendré que autoconvencerme de la necesidad de conservar ese trabajo anodino y simple en el que nunca pasa nada nuevo, un trabajo sin novedades, sin emociones, sin retos profesionales. Y lo peor, sin duda, no será enfrentarse un día más a una serie de actividades remuneradas económicamente pero sin recompensa espirutual alguna. Lo peor será una vez más enfrentarse a lo que viene después, pasar solo el resto del día, un maldito lunes más que me enseñará lo dura que es la vida de un cobarde, como si el fin de semana aislado de toda conexión con la realidad no fuese suficiente como para tener que soportar por enésima vez un cruel lunes asesino de almas débiles y corazones hipersensibilizados. Saber que al final del lunes solo habrá un martes, ni más ni menos, es suficientemente duro como para querer pensar en otra cosa.Pero la verdad es que ya ni siquiera se si de verdad me importa vivir así. Creo que no. Porque la duda filosófica sobre si un árbol al caer en un bosque en el que no hay nadie hace ruido o no, se despeja de manera muy clarividente en mi cabeza, tanto que asusta. La respuesta es no, no hace ruido si nadie lo escucha. Si el árbol cae y no hay un par de oidos dispuestos a escuchar el golpe de la madera contra el suelo, no hay ruido, el árbol podria estar cayendo una y otra vez, hasta en mil ocasiones podría caer, que mientras no hay quien quiera escucharlo, no habrá ruido que se oiga. Tenemos el ejemplo más claro cada día a nuestro alrededor, en esta jungla de asfalto en la que vivimos, en la que cada día caen miles de personas y, a pesar de estar rodeados de gente, nadie los oye caer, son inaudibles para el resto del mundo porque a nadie le importa que hayan caido, nadie los escucha, están solos y por tanto no hacen ruido, por muy alto que sea el lugar desde el que caen. Y nos hacemos llamar humanidad. Es algo similar a lo que me ocurre con este blog, en el que no entra nadie, nadie me lee, luego tal vez yo ni quiera esté escribiendo, porque si nadie lee lo que escribo, puede que tal vez ni exista. Nadie me lee, salvo Nácar, que hasta me hizo un comentario, palabras simples pero que llenaron mi alma por unos minutos, porque supe que alguien me entiende y que alguien me lee.
Pero a pesar de todo el despertador sonará mañana y tendré que levantarme. Tendré que ducharme y vestirme, tendré que enfrentarme a mis demonios diarios. Y seguiré sin que nadie me de una respuestá a todos los por qués que me asaltan cada día, cada noche. Y después de un lunes maldito llegará un martes de oprovio, y luego un miércoles de ceniza y así hasta llegar al fin de semana aislado de toda conexión con la realidad al que seguirá un lunes de ira y el ciclo comience de nuevo. No hay salida, mientras no logre escapar de mi yo antiguo no podré salir de este desaliento cíclico. Las pesadillas seguirán ahí, durmiendo conmigo, porque sigo sin poder olvidar su sonrisa, sus caricias, su mirada luminosa. Y mientras todo eso siga ahí, perenne como mi propia alma, no habrá lugar al que escapar.


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