Primero fue un largo camino que no tenía una meta clara, hasta que empecé a creer en la meta, luego una meta que se disipaba cuando al fin la alcancé… Y en ese momento empezó a enturbiarse, no llovía, no había niebla, pero la meta apenas si se vislumbraba, y la desesperación se apoderó de mi.
Fueron momentos tristes, desesperados, agónicos, ante una montaña que se me antojaba inescalable a pesar de haber sido capaz de llegar hasta ella. Los ojos se me enturbiaron y apenas si podía ver el amplio valle que se abría ante mi, luego empecé a oír truenos diabólicos que amenazaron con traer la mayor de las tormentas nunca antes vista con la que una enorme tromba de agua traería una gigantesca riada que arrastrando todo cuanto se encontrase a su paso por la ladera anegase el valle en el que yo, sin remedio, me ahogaría.
Pero nada de eso estaba pasando, yo había llegado al valle, había plantado mi campamento y… ¡ya! No había llegado a la cima aun, era cierto, pero tampoco había nubes, ni lluvia, ni riada, ni si quiera aquella montaña era tan inexpugnable, solo era miedo, miedo a perder la ocasión de hacer algo que nunca había hecho. Así, me puse de pie, agarré mi piqueta y me calcé los crampones, di el primer paso y me decidí a llegar a aquella cima con la que cada noche, desde hacía años, soñaba en la soledad de mi cama.
Cuando llegué arriba, porque llegaré, os mandaré una postal dándoos las gracias a todos, a los que me animasteis a subir por haberlo hecho, a los que nunca supisteis que este era mi sueño por no haber molestado y al resto por haberme demostrado que los sueños existen también en este plano de la realidad.
Fueron momentos tristes, desesperados, agónicos, ante una montaña que se me antojaba inescalable a pesar de haber sido capaz de llegar hasta ella. Los ojos se me enturbiaron y apenas si podía ver el amplio valle que se abría ante mi, luego empecé a oír truenos diabólicos que amenazaron con traer la mayor de las tormentas nunca antes vista con la que una enorme tromba de agua traería una gigantesca riada que arrastrando todo cuanto se encontrase a su paso por la ladera anegase el valle en el que yo, sin remedio, me ahogaría.
Pero nada de eso estaba pasando, yo había llegado al valle, había plantado mi campamento y… ¡ya! No había llegado a la cima aun, era cierto, pero tampoco había nubes, ni lluvia, ni riada, ni si quiera aquella montaña era tan inexpugnable, solo era miedo, miedo a perder la ocasión de hacer algo que nunca había hecho. Así, me puse de pie, agarré mi piqueta y me calcé los crampones, di el primer paso y me decidí a llegar a aquella cima con la que cada noche, desde hacía años, soñaba en la soledad de mi cama.
Cuando llegué arriba, porque llegaré, os mandaré una postal dándoos las gracias a todos, a los que me animasteis a subir por haberlo hecho, a los que nunca supisteis que este era mi sueño por no haber molestado y al resto por haberme demostrado que los sueños existen también en este plano de la realidad.


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