A veces la mente se convierte en un folio en blanco, un folio que aun sin que nadie te lo exija te pones por meta rellenar. De repente, ahí, frente al blanco infinito de ese pseudo trozo de celulosa mental, sin tener muy claro que vas a escribir o dibujar, pero sabiendo perfectamente qué es lo que quieres expresar, te das cuenta de que las cosas no son tan fáciles siempre. Bueno, tal vez no es eso exactamente de lo que te das cuenta, sino más bien descubres que las cosas son demasiado fáciles y que lo realmente difícil es tener valor para hacerlas. El valor, esa es la clave, no tanto el saber qué hacer o decir como el hecho de hacerlo en si mismo.
Sin apenas pensarlo un buen día puedes decidirte a hacer 800 kilómetros en menos de 12 horas solo porque si, porque te apetece, porque crees que ha llegado el momento de enterrar los fantasmas y de volver a ser feliz, porque crees que la hora ha llegado, tu hora, y nada merece más la pena que ese viaje, aunque sabes que al final del trayecto puede simplemente no haber nada. Pero da igual, tienes que hacerlo, aunque eso suponga más de 24 horas seguidas sin dormir, aunque eso pueda suponer una nueva desilusión tras la paliza de haberte recorrido media España sin saber muy bien qué es exactamente lo que vas a encontrarte al final del camino, Pero realmente todo eso te da igual, porque sabes que o lo haces ahora o muy probablemente nunca lo harás ya, da igual que todo pueda acabar en una nueva desilusión, porque en realidad ya vives en una continua desilusión y lo que toca ahora es apostar fuerte por algo que, a las malas, no va a cambiar tu vida a peor, pero que si pudiera transformar esa debacle continua en la que te mueves en una verdadera pista de despegue hacia algo que hace tiempo creíste conocer y que, tal vez, ahora pueda ser el inicio definitivo de un gran viaje.
Pasa el tiempo y los kilómetros van aumentando en tu cuenta particular, se acerca el punto de destino, muy lentamente, bajo el calor acuciante de un castigador sol de agosto, pero sabes que al final puede estar la respuesta. Y al cabo de un tiempo, cuando el destino se acerca verdaderamente, empiezan las taquicardias, tal vez solo sea el calor o realmente sea una respuesta biológica a un estado mental que muchos confunden con el amor, o tal vez sea amor, ya no lo tengo claro, hace tanto de eso… Pero lo cierto es que algo pasa y el destino, cada vez más cercano, te hace subir a un estadio de euforia, quizá falsa, como la de los borrachos, pero realmente eso da igual, lo importante es que sabes que has tomado la decisión correcta, y al final del camino, en el punto de destino, incierto, indefinido al fin y al cabo, te aguarda alguien con la respuesta a tus dudas. Un sobre lacrado encierra una pista fundamental para comprender ya no el destino del viaje, sino el destino propio. Lo que haya dentro del sobre solo se puede saber cuando quiebres el lacre, cuando abras el sobre y leas el pergamino clarificador de su interior. Ahora hay que reunir nuevamente valor, porque el viaje no habrá significado nada si no abres el sobre, lo malo es que no todo el mundo logra reunir tanto valor en un solo día.
En mi sobre había un nombre, y ese nombre se que es el que ha de marcar mi camino, un camino complejo, difícil, lleno de obstáculos más metafísicos que de otro tipo, pero obstáculos al fin y al cabo que habrá que sortear. Lo haré o moriré en el intento, eso que quede claro.
Sin apenas pensarlo un buen día puedes decidirte a hacer 800 kilómetros en menos de 12 horas solo porque si, porque te apetece, porque crees que ha llegado el momento de enterrar los fantasmas y de volver a ser feliz, porque crees que la hora ha llegado, tu hora, y nada merece más la pena que ese viaje, aunque sabes que al final del trayecto puede simplemente no haber nada. Pero da igual, tienes que hacerlo, aunque eso suponga más de 24 horas seguidas sin dormir, aunque eso pueda suponer una nueva desilusión tras la paliza de haberte recorrido media España sin saber muy bien qué es exactamente lo que vas a encontrarte al final del camino, Pero realmente todo eso te da igual, porque sabes que o lo haces ahora o muy probablemente nunca lo harás ya, da igual que todo pueda acabar en una nueva desilusión, porque en realidad ya vives en una continua desilusión y lo que toca ahora es apostar fuerte por algo que, a las malas, no va a cambiar tu vida a peor, pero que si pudiera transformar esa debacle continua en la que te mueves en una verdadera pista de despegue hacia algo que hace tiempo creíste conocer y que, tal vez, ahora pueda ser el inicio definitivo de un gran viaje.
Pasa el tiempo y los kilómetros van aumentando en tu cuenta particular, se acerca el punto de destino, muy lentamente, bajo el calor acuciante de un castigador sol de agosto, pero sabes que al final puede estar la respuesta. Y al cabo de un tiempo, cuando el destino se acerca verdaderamente, empiezan las taquicardias, tal vez solo sea el calor o realmente sea una respuesta biológica a un estado mental que muchos confunden con el amor, o tal vez sea amor, ya no lo tengo claro, hace tanto de eso… Pero lo cierto es que algo pasa y el destino, cada vez más cercano, te hace subir a un estadio de euforia, quizá falsa, como la de los borrachos, pero realmente eso da igual, lo importante es que sabes que has tomado la decisión correcta, y al final del camino, en el punto de destino, incierto, indefinido al fin y al cabo, te aguarda alguien con la respuesta a tus dudas. Un sobre lacrado encierra una pista fundamental para comprender ya no el destino del viaje, sino el destino propio. Lo que haya dentro del sobre solo se puede saber cuando quiebres el lacre, cuando abras el sobre y leas el pergamino clarificador de su interior. Ahora hay que reunir nuevamente valor, porque el viaje no habrá significado nada si no abres el sobre, lo malo es que no todo el mundo logra reunir tanto valor en un solo día.
En mi sobre había un nombre, y ese nombre se que es el que ha de marcar mi camino, un camino complejo, difícil, lleno de obstáculos más metafísicos que de otro tipo, pero obstáculos al fin y al cabo que habrá que sortear. Lo haré o moriré en el intento, eso que quede claro.


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